sábado 5 de noviembre de 2011

Die Andere Seite

Jede Nacht besucht uns ein Traum

Todessprung

Pocałunek

Unbetitelt

Rutschigkeit

"Die Dame auf dem Pferd"

Entsetzen

Der letzte König

Y ahora hablemos un poco de la población. Integrada por tipos muy bien diferenciados unos de otros, los mejores entre ellos poseían una sensibilidad sumamente fina y casi diríamos, exagerada. Una serie de ideas fijas, aunque no del todo obsesivas, como la manía de coleccionar y de leer, el demonio del juego, cierta hiperreligiosidad y otras de las mil formas que suele revestir la neurastenia refinada, parecían haber sido creadas ex profeso para el Reino de los sueños. Entre las mujeres, la histeria era una de las manifestaciones más frecuentes. Por su parte, el pueblo también había sido elegido teniendo en cuenta cierto tipo de anormalidades o imperfecciones en su desarrollo. Extraños casos de alcoholismo, gente descontenta consigo misma y con el mundo, hipocondríacos, espiritistas, temerarios rufianes, insatisfechos que andaban en busca de emociones y aventureros viejos que trataban de hallar la paz, prestidigitadores, acróbatas, refugiados políticos y hasta asesinos buscados en el extranjero, falsificadores de moneda y ladrones: todos hallaban gracia ante los ojos del Amo. 

Se daban casos en que incluso una característica física que saliera de lo común podía motivar una invitación al País de los sueños. Ello explicaba la gran cantidad de bocios descomunales, narices arracimadas y gigantescas jorobas que allí se veían. Finalmente, había también un elevado número de personas que, debido a su oscuro sino, habían adquirido rasgos psíquicos bastante extraños. Sólo después de continuos y graduales esfuerzos logré discernir los profundos matices caracterológicos que solían ocultarse bajo una apariencia anodina e intrascendente.
A. Kubin 

miércoles 18 de mayo de 2011

¿qué pasará con vainity fair cuando muera annie leibovitz?


Border - P. Pomet



En las colas de los puestos de bengalas, en las taquillas del cine o en las candentes del viaje al centro de la tierra, conscientemente, miraba al suelo ó al socorrido antagónico de devorar cierta bombilla descolgada en algún rincón del cerebro morfológico socavado de monodosis sobre el aburrimiento existencial en el que se encontraban. Giros, vueltas y más vueltas. Desesperación con aliños de desidia. Necesidades. Convinieron no echarse durante un trozo de tiempo. Quizá hasta el próximo novilunio.


En todas partes la gente, aunque no lo sepan, necesitan de una vez por todas hacer visible todo lo invisible. A lo que unos llaman arte, otros sobrevén nada más y nada menos que el delicado rechazo a malograrte cuando cumples los treinta y tantos así como seguir alimentando al galopante  y lánguido tedio.
Sabía que no era por falta de oxígeno; días atrás la bombilla se iluminó y un cortocircuito le recorrió el páramo corporal en el que peligrosamente lo estaba convirtiendo su anquilosada vida. En ese instante tuvo la certeza de que esa reprimida vida podría salvarse de unos espasmos innecesarios y recurrentes demasiado familiares en las alcantarillas por las que corre el sudor de la sociedad biempensante que lo observan desde detrás de lúgubres ventanas. Sonrió a la vez que también pulió que dejaba de estar enfermo. Era un tipo sano, pues en la capa más superficial de lo inaceptable acababa de descubrir el hedonismo más honesto.

La chica del paraguas transparente con estampados de animalitos de los sueños entró en la cafetería y pidió un café con chocolate. Aquel incidente desencadenó una ola de calor por la cara de Ariano, un calor de animal de piedra perdido en un astrolabio, que… que no tuvo otro remedio que acercarse hasta la barra para pedir un vaso de agua fría, sin embargo, pidió una silla frente a la chica del paraguas. No sé si quería ser empalagoso o caer bien, no pude adivinar; quizás los nervios normales del comienzo de cualquier plan. Sin preguntarle siquiera el nombre la invitó a correr por las montañas aunque padeciera de una infantil secuela de vértigos. Del desconcierto femenino brotó una sonrisa con sabor al azúcar de caña que casi lo mata.

Desde ese pequeño soplo conoce a Berlín. Una chica morena con labios de terciopelo y uñas granas de cabaretera. También cree que ese mismo soplo es el amor, viene y se va, por eso no cree en él. Con su descaro de veinte años informaba con los labios entreabiertos que no le daría la vida, ni los sueños ni nada de esas chorradas, y añadió esa misma tarde lluviosa que todo es cuestión de follar, nada más que eso. Él le susurró, menos colorado aunque bebiendo a tragos un escocés, su opinión. Añadió básicamente, que nunca tenía que huir, ni fingir que el tiempo que les baña no es efímero, que se marchara cuando quisiera. Quedó todo así de perceptible: leyó en la carta firmada con el número tres.

Las bragas por los tobillos y eran las siete de la tarde. Le daba todo lo que habría podido exigir esa tarde, podría ser cualquiera, pero le gustaba Berlín. En la otra punta de la ciudad, Catalina le habría dado todo lo exigido, pero estaba aquello de la desidia y el aburrimiento que proporciona el tiempo, costumbre o lo bicharraco que somos los humanos. Evidenciado en las cartas que recibía todo lo que hacían con un lenguaje sugerente, libidinoso y hasta soez. También cuando quedaban y el lugar. La hora, el color de las toallas, el roce en los ascensores de los hoteles, las rodillas en las alfombras, las embestidas, los jadeos, las gotas de agua bendita robada humedeciendo el clítoris. Reflejaban asimismo sus deseos, confesiones entre gemidos del anhelo de que la otra parte de su vida fornicara bajo las estrellas, asunto que hasta ahora dudaba. La función del lenguaje con una chica casi desconocida. Salivaba mientras leía y algunas tardes de relecturas casi llegaba al orgasmo pensando en todo lo que aquello conllevaba, hasta dónde querría que llegara, aunque con miedo, se enervaba de excitación con esa inexplorada y sutil cura. Aquel juego teórico del estímulo de Thorndike cumplimentándose en las cartas que seguían llegando por las mañanas a su casa y que él se limitaba ya a no abrir abandonándolas junto al archivador de Catalina.



Catalina se percató que su compañera de trabajo no había venido esa tarde. Abrió la puerta de la sala de yesos y la cerró de nuevo al ver las luces apagadas. Estaba sola. Entró en su despacho y se sentó a la vez que abría una carpeta con bocetos ordenados para sus nuevas esculturas. Tenía que conseguir un modelo para trazar el último que quedaba por definir antes de la llegada de la primavera. Encendió un cigarrillo y de nuevo le vino a la cabeza aquel chico con labios de cereza que se presentó para modelar aquella mañana. Buscó su número de teléfono y lo mantuvo entre sus manos con una sonrisa de mojado resplandor. Luego, persuasiva, levanta el teléfono y mirando el nailon de la rebeca azul marca el número apuntado en el papelito. Dos tonos y entonces, una voz dormida pregunta un ¿hola? Catalina, cogió aire y liberada, compuso una nueva sonrisa, después de la primera inquietud nerviosa como de pipiola, acertando a decir su nombre; se aclaró la garganta y escuchó al otro lado del hilo telefónico el sobresalto de Manuel, que era el nombre del bellezón matutino. No se anduvo con fingimientos y preguntó si le vendría bien volver al estudio aquella misma tarde, pues había sido seleccionado para el empleo. En media hora, de acuerdo, dijo antes de colgar. Se levantó y se acercó a la ventana: una luna azul de Febrero quería adormecer a la tarde que moría por encima de las calles con las farolas aún apagadas, totalmente cómplices de su osadía.

Escuchó como subía los peldaños de filos de gatopardo y espero a que sonara el timbre con tonos de quimeras orientales. Se subió las tetas y miró por la mirilla de la puerta. Manuel esperaba con el brazo estirado apoyándose en el marco de la puerta. Hizo pasar al chico y tras cerrar la puerta le invitó al salón de las máquinas y divanes portátiles, la pieza más calentita del estudio. No hubo más medias horas, en diez minutos Catalina ajustaba su falda por encima de las caderas dejando el vicio de sus bragas sobre la polla del joven que le chupaba los pezones con un desenfreno sangriento, era como si quisiera arrancarle el escudo ajeno de la pertenencia de muchos años que yacía sobre sus tetas. Hasta el novilunio, aquel escudo protector residió entre el andamio de la mesa de su gabinete. Tardes sin compañera de trabajo, tardes de obscenidades honestas, de libido renovada y mezclada con semen ardiente en la boca. Levantar la mirada y divisar la estepa arrasada. Deseos de seguir consecuentemente aquella travesura, aquel juego sanador de oportunidades, de desahogos.

La noche que se ocultó la luna Catalina y Ariano cenaron en la casa de Subura. Los perros en el callejón de la primavera ladraban con roces nuevos. En la televisión algún canal de pago presentaba la espuma de los días y sobre la mesa las ostras bailaban hasta llegar a los labios de Catalina. Follaron sobre la alfombra como dos adolescentes que se desvirgan una noche de agosto sobre la arena de la playa. Dos veces, tres y bañarse en la espuma de champaña que goteaban las axilas de la televisión.

Después de tantos días hay que mirarse serenamente a los ojos en un momento determinado de la noche y con la lucidez del fondo del mar comenzaron a reír, a besarse dentro de las risas momentos antes de que Catalina confesara entre susurros que sabía que las cartas que había leído durante esos días, las que él parecía olvidar tan cercanas a sus carpetas de archivos, se las enviaba él mismo. En ese mismo espacio en el que comenzaba a sonreír él, ella, acusándolo, quería saber a qué huele Berlín. Desnudos, tendidos sobre la alfombra, giró su cuerpo haciendo que ella quedara con las piernas abiertas debajo de su cuerpo, acarició su pubis con suavidad y lamiéndole el lóbulo de la oreja izquierda susurró: el novio de Berlín se llama Manuel, es modelo ¿lo sabías? ¡Noooo! Risa de jolgorio complice y su lóbulo sabía a felicidad, a esa capacidad de goce femenino que es infinito.

Algo que no habían acordado dos semanas atrás fue lo de cuando salir de la habitación. Y lentamente la luna nueva arábiga de la siguiente noche asomaba en el cielo del callejón con ellos todavía echados acezantes sobre la alfombra del salón de espuma.

jueves 9 de diciembre de 2010

"Angelitos Negros" FORNIELES

9 DIC-19.30h. APERTURA de EXPOSICIÓN - Museo Provincial Huelva-Sala Siglo XXI


LOS ANGELITOS AFRICANOS


Los niños de África te miran a los ojos cuando hablas con ellos. Es una primera forma de intentar desenmarañar una milenaria refutación: “¿qué es lo que está ocurriendo bajo el cielo para que este hombre blanco quiera estar frente a mí y quiera que le hable yo?”. Sin perder la sonrisa, el gesto de la mirada siguiente lo derraman en las manos. Pues es de ahí de donde llega el peligro, el dolor físico que muchos no cesan de padecer. Pero son de esas manos, solo a veces, de donde llegan soluciones espejismos, aerolitos de un día, de unas horas, alivio en forma de dinero que huele a un plato de arroz y, es por eso, que todos los niños en el continente negro saben decir en un inglés académico: my friend.

Aquí están estos angelitos negros mostrando la historia que los envuelve; invitándonos a que alcancemos con la imaginación el momento de sus vidas inmediatamente después del que plasma la imagen del cuadro. Niños que expresan en sus rostros el testimonio de su tiempo, una época que pareciera estar vinculada a la nefasta conjura de no poder mudar en siglos pese a que, sin lugar a ninguna duda, desean y están construyendo un futuro digno que conlleva no olvidar nunca ese paradójico pasado africano materializado ya en estas miradas que estamos contemplando. Mirando a los ojos de todos aquellos que nos paramos para observarlos como meros espectadores de una realidad invisible.

No imaginan que sean un bien cultural. Y gráciles, no nos piden nada, acaso, que les dejemos ser niños: un anhelo que cualquier angelito del mundo ansía cuando pierde la posibilidad de revocar una concesión natura, su infancia.


Realizadas con pintura plástica, barnices y desechos de polvo de toner sobre maderas contrachapadas. Las obras expresan una dicotomía visual entre el lenguaje expresivo y abstracto del fondo y la extrema definición figurativa, en general, de los rostros retratados. Toda una miscelánea que se da sobre un fondo del color de la madera africana por excelencia: el ébano. Una obra en la que podemos concebir la luz de la isla de Gorée en todo el conjunto creativo.

Prólogo de Franzisco Dacotta, Nov-2010













mi angelito

miércoles 30 de septiembre de 2009

UN HIPÓDROMO ALEMÁN. BUKOWSKI.


W. Barras. zoo
-..-

*Lo peor de todo es que algún tiempo después de mi muerte se me va a descubrir de verdad. Todos los que me tenían miedo o me odiaban cuando estaba vivo abrazaran de repente mi memoria. Mis palabras estarán en todas partes. Se crearan clubs sociales y sociedades. Será como para volverse loco. Se hará una película de mi vida. Me pintarán mucho más valiente de lo que soy y con mucho más talento del que tengo. Mucho más. Será como para hacer vomitar a los dioses. La especie humana lo exagera todo: a sus héroes, a sus enemigos, su importancia.*

________Charles Bukowski


No sé si la muerte se estaba fumando sus cigarrillos, ni tengo yo la culpa si así fue como ocurrió el fin de sus días; yo no he terminado todavía de querer sentirme mejor ¡Taxi!

Los días que los caracoles inundan la ciudad, es un dia de cuernos al sol. Días que las calles de la ciudad atraen la electricidad del cielo en el que se compra la beatitud y a toda su carga de neón vistiéndose con un semblante extraño. Desde la ventana miras el callejón y no apetece quedarse dentro de la casa, tienes que salir y mezclarte con el bullicio, rozarte de brazos, sentir asco a veces y glorificarte muchas más, es según por donde transites. Cercano a los caracoles callejeros, te dan ganas de reírte, allí: la mariajuana, el vodka o un cartero borracho metiéndolos en una gran olla grana de cinc me elevan tentándome a pensar que nada es más valioso en la vida que un día de caracoles soleados sin amaneceres dolorosos.

Charles prolongaba esas mañanas follándose tres tuberías de Linda Lee, apostaba en las carreras de caballos, arrancando las furgonetas del reparto de barras de hielo marchándose a toda ostia borracho perdido, dejando la manguera del agua colgando tras el santo furgón, si -un factótum- seleccionando pepinillos en una fábrica y sobre todo, dándole a la máquina de escribir “bien fuerte” después de un día duro en correos masturbándose… Hoy Hank, subió al taxi y dijo hipódromo lo mejor que pudo balbucearlo. Ganó doscientos dólares en la última carrera, durmió cinco horas en un asiento de la parte alta de las gradas medio doblado como un gusano y vomitó otras cuantas de veces a los pies de un párroco católico enganchado a los boletos y a la adrenalina fuera del confesionario. Despertó sin resaca y se bebió dos vodkas con hielo en la barra del antro de los caballos. Se pasaba las manos por la cabeza, casi peinándose entre los dedos cuando cruzó la mirada de Helen, una alemana de unos cincuenta años, rubia y deseablemente puta: le dijo con los labios cerrados mientras regresaban aquellos ojos a su marido, un teutón gigante como un cíclope. Le pidió un cigarro a la mujer del jayán y en dos trocitos de hielo, eran amigos y europeos, quedaron para la noche. Hank, iría solo, aclaró.

Llegó antes que la pareja, todo un anfitrión. Tomó un trago y dejó cincuenta dólares al barman; cuando entraron ellos estaba poniendo música en una sinfonola; sonaba un saxo, Parker quizás. Tenía la mesa elegida, la bebida y la noche. El camarero traía ron, vodka y cerveza como si se lo mandara el dios de las letras. Hank bebía, Helen bebía y el gigante trasegaba litros por minutos. Al cabo de dos horas había un faro en el bar, era la cara roja del alemán desmayándose sobre la falda de su mujer con los ojos abiertos, borracho y con hipo; Helen le puso el trono a tiempo mientras se levantaba. Hank había bebido la mitad de otras noches, dejó claro por cincuenta pavos en la barra que sus copas irían con mucho hielo y poco artefacto. Salió agarrado de Helen a la calle ¡Taxi! al Hotel Blue Lantern de los Caracoles, por favor.

"Si eliges este camino, debes seguirlo hasta el final" le decía a Helen, la aprendiz de escritora.

jueves 24 de septiembre de 2009

BURDELES EN LOS FRUTOS DEL TIEMPO Y EL AMOR DE UNA FLOR. Hipocresía de una noche de Agosto cualquiera.






Campañas llenas de héroes que derramaron flechas desde el norte más frio al sur más inhóspito, cortando cabezas y creyendo que las mismas flechas que destrozaban yugulares eran las otrora utilizadas por Cupido Corazón de Lata de Tomate. Libertad coaccionada y sementales eunucos en los barcos árabes de Constantinopla, latidos de ballena en el pecho de un pájaro y seis chicas con anillos de aluminio hablan en la esquina del Hot Club 3 necesitadas de eventos que contar en sus noches de velos transparentes y uñas sin pintar ¿Podríais ser reinas del Kamasutra tu amiga y tu? Rodeada de plantas con tallos de aceradas mallas medievales, la religión dentro del convento burdel, tus ruegos en la mesa de un alquimista y los zapatos llenos de barro, chicos impúberes se masturban mientras no os contenéis en hablar de los bellos sexos que ocultáis tras la fuerza del candado de castidad, miedos inocentes en las sonrisas, vejaciones de tres mil muertos enterrados en una fosa llena de piedras; alimentos untados con grasa de almizcle de hienas con prepucios falseados, hambrientas: santos recién degollados, las madres fornicando con un mínimo y apócrifo Satán, engañadas por ellos y por sus hijas se arrojan al arroyo de la lujuria más libidinosa, la prohibida en la cruz llevada a Roma. Centenares de niños sin brazos comen de un suelo infectado de gusanos bicéfalos en rumiante sintonía con la música de Reed; recoges tu falda y dejas de pensar en todo esto mientras miras a las otras cinco entrometidas, no habrá fármacos que laxen sus almas... algún miedo.

Siempre pensaste que eras diferente. Ahondabas en tu alma y enmudecías con lo que sacabas de ella y no podías decir a nadie, ningún lastre en el que descansar, te fustigabas con el rabo de un Minotauro y apagabas la pasión en la cama de un ser imaginario que te follaba siempre que cerrabas los ojos a las diez de la noche en luna llena; deseabas a tu mejor amigo pero era el amante de tu hermana. Odiabas y no te sentías mejor que ellas, eras tu y el dolor, nadie mejor que tu... nadie mejor que tu alma de Hermafrodita Negroponte Cuervo. Ningún dolor llegaría a superar tu tormento cuando hoy se sepa en el prostíbulo esa realidad que es tu lenocinio, aquél desatinado parto con tus sexos rechazados y llamados pura monstruosidad; allí reirán y te humillarán. Pero debes de ir, debes afrontar tu vida, debes de volver a enamorar al que te amaba tal como eres ¿Acaso eres tu quién ama así, quién acepta que el amor es ciego?. Jactancia.