Jede Nacht besucht uns ein Traum
Todessprung
Pocałunek
Unbetitelt
Rutschigkeit
"Die Dame auf dem Pferd"
Entsetzen
Der letzte König
Y ahora hablemos un poco de la población. Integrada por tipos muy bien diferenciados unos de otros, los mejores entre ellos poseían una sensibilidad sumamente fina y casi diríamos, exagerada. Una serie de ideas fijas, aunque no del todo obsesivas, como la manía de coleccionar y de leer, el demonio del juego, cierta hiperreligiosidad y otras de las mil formas que suele revestir la neurastenia refinada, parecían haber sido creadas ex profeso para el Reino de los sueños. Entre las mujeres, la histeria era una de las manifestaciones más frecuentes. Por su parte, el pueblo también había sido elegido teniendo en cuenta cierto tipo de anormalidades o imperfecciones en su desarrollo. Extraños casos de alcoholismo, gente descontenta consigo misma y con el mundo, hipocondríacos, espiritistas, temerarios rufianes, insatisfechos que andaban en busca de emociones y aventureros viejos que trataban de hallar la paz, prestidigitadores, acróbatas, refugiados políticos y hasta asesinos buscados en el extranjero, falsificadores de moneda y ladrones: todos hallaban gracia ante los ojos del Amo.
Se daban casos en que incluso una característica física que saliera de lo común podía motivar una invitación al País de los sueños. Ello explicaba la gran cantidad de bocios descomunales, narices arracimadas y gigantescas jorobas que allí se veían. Finalmente, había también un elevado número de personas que, debido a su oscuro sino, habían adquirido rasgos psíquicos bastante extraños. Sólo después de continuos y graduales esfuerzos logré discernir los profundos matices caracterológicos que solían ocultarse bajo una apariencia anodina e intrascendente.
A. Kubin







A medida que iba leyendo este fragmento, y viendo las ilustraciones, parecía estar inmersa en uno de esos sueños extraños que rara vez se producen, pero nos dejan su impronta marcada por mucho tiempo... tal vez para siempre.
ResponderSuprimirPero según iba avanzando, he llegado a pensar (seguramente fuera la intención de Kubin?) que esa "Otra parte" no está tan lejos; que esa suerte de "inframundo" se manifiesta a hurtadillas en lo cotidiano. Se forman subgrupos, en la sociedad, las personas se arraciman, se hermanan, se asocian, consciente o inconscientemente, según se identifican o reconocen, a través de esos "profundos matices caracterológicos que solían ocultarse bajo una apariencia anodina e intrascendente"
Gracias, corazón, y un abrazo grande-grande. Cuánto "m'aprendo" contigo.
Me ha alegrado mucho ver que activabas el botón de nuevo...
querido primo:
ResponderSuprimirigo sin entender un carajo, lo cual me importa un pimiento, lo cual a su vez a ti te ha de importar dos.
A lo que íbamos, corazón, este es un texto hecho a mi medida, pues las locuras y deformidades del sueño forman parte de mi existencia real, y poco más o menos tu texto me viene a decir que no soy incomprendida alguna, ni tú tampoco, el gran Amo nos protege de la desviación que la realidad hace sobre nosotros, a Dios (Amo) gracias
Sin otro particular dejo mi misiva para años perecederos y espero muchos posteriores, no escribas tanto se te da mucho mejor la imagen, jajjajajaj.
Besicossssssssssssssss.
Parece haber una ley de extraña armonía en la situación de un encuentro
ResponderSuprimirrelativo al primer amor adolescente de Sebastian en tan estrecha
proximidad con los ecos de su último, oscuro amor. Dos modos de su vida se
interrogan mutuamente y la respuesta es la vida misma, y esto es lo más
cerca que podemos llegar de una verdad humana. El tenía dieciséis años y
ella también. Las luces se apagan, el telón se levanta y aparece un paisaje
ruso, en verano: la orilla de un río, a la sombra de los frondosos abetos que
crecen en la escarpada ribera y que casi proyectan sus siluetas en la orilla,
baja, soleada y amable, con flores de caña y hierba argéntea. Sebastian, sin
sombrero, al aire su cabeza casi rapada, con la camisa de seda
adhiriéndose a sus omoplatos o a su pecho, de acuerdo con sus
movimientos, rema alegremente en un bote pintado de verde brillante. Al
timón está sentada una muchacha: pero dejémosla acromática, una mera
silueta, una sombra blanca que el artista no ha llenado de color. Libélulas de
color azul oscuro vuelan lentamente en todas direcciones y se posan sobre
las anchas flores acuáticas. Nombres, fechas y hasta rostros han sido
grabados en la roja arcilla del barranco, de cuyos agujeros entran y salen
veloces lagartos. Los dientes de Sebastian relumbran. Después Sebastian se detiene, mira hacia atrás y el bote, con un sedoso giro, se desliza entre la
maleza.
—Eres una tontuela —dice.
Cambia el cuadro: otra orilla del río. Un sendero lleva al borde del agua, se
detiene, vacila, rodea un banco rústico. No es el atardecer aún, pero el aire
está dorado y las mosquillas se entregan a una primitiva danza nativa en un
rayo de sol, entre las hojas de álamo que al fin están inmóviles,
absolutamente inmóviles, olvidadas de Judas.
Sebastian está sentado en el banco. Lee en voz alta unos versos ingleses
de un cuaderno negro. De pronto se detiene: un poco a su izquierda, la
cabeza de una náyade pelirroja asoma del agua, arrastrando lentamente
las largas trenzas que flotan tras ella. Después la bañista desnuda emerge en
la orilla opuesta, sonándose la nariz con ayuda del pulgar: es el sacerdote de
la aldea, que lleva el pelo muy largo. Sebastian sigue leyéndole a la
muchacha que tiene junto a sí. El pintor no ha llenado aún el espacio en
blanco, salvo el brazo tostado, estriado desde la muñeca hasta el codo por
un vello luminoso.
Como en el sueño de Byron, el cuadro vuelve a cambiar. Es de noche. El
ResponderSuprimircielo está vivo de estrellas. Años después Sebastian escribirá que mirar las
estrellas le producía una sensación de náusea y temor, como por ejemplo
cuando miramos las entrañas de un animal descuartizado. Pero por el
momento no se ha expresado este pensamiento de Sebastian. Está todo muy
oscuro. Nada puede distinguirse de lo que posiblemente sea la avenida de
un parque. Masas negras, masas negras y, en alguna parte, el grito de un
búho. Un abismo de negrura donde, súbitamente, se mueve un pequeño
círculo verde: el cuadrante luminoso de un reloj (Sebastian desaprobaría los
relojes en sus años de madurez).
— ¿Quieres irte? —pregunta su voz.
Un último cambio: un vuelo en forma de V, la migración de las grullas. Su
tierno lamento fundiéndose en un cielo azul turquesa, alto sobre un bosque
oliváceo de abedules. Sebastian no está solo. Está sentado en el tronco
blanco y ceniciento de un árbol caído. Su bicicleta descansa, centellean sus
rayos entre los frenos. Una mariposa revolotea y se posa en el manubrio,
agitando las alas aterciopeladas. Mañana, regreso a la ciudad; las clases
empiezan el lunes.
— ¿Es el fin? ¿Por qué dices que no nos veremos este invierno? —pregunta
Sebastian por segunda o tercera vez.
No hay respuesta.
— ¿De veras crees que te has enamorado de ese estudiante?... vetovo
studenta?
La figura de la muchacha sentada en blanco, salvo el brazo y una mano
breve y tostada que juega con un inflador de bicicleta. Con el extremo del
mango escribe en la blanda tierra la palabra yes, en inglés, para hacerla
menos dura.
Cae el telón. Sí, eso es todo. Muy poco, pero conmovedor. Nunca más
podrá preguntar Sebastian a su compañero de banco: «¿Cómo está tu
hermana?»
Tampoco podrá preguntar a la vieja Miss Forbes, que de cuando en cuando reaparece, por la niña a quien también daba lecciones. ¿Y
ResponderSuprimircómo podrá recorrer los mismos senderos el verano próximo, y observar el
ocaso y la bicicleta yacente junto al río? (Pero el próximo verano habrá de
consagrarse casi exclusivamente al poeta futurista Pan.)
Demasiado tiempo sin saber de ti primo, espero estés bien
ResponderSuprimirUn beso.
Que tengas un dia especial. Felicidades.
ResponderSuprimirUn beso.
No te preguntaré donde estás... lo he adivinado al ver el salto de la muerte. Espero que el Rulo te trate bien tal día como hoy (una a mi salud) si es que has conseguido escapar del felpudo abductor (creo que es de los que hacen chupón)
ResponderSuprimirAún no oigo el trote de cartón, pero sé que falta poco (compré unos arreos Loquillo-look)
bbb
te quiero, compadre
Te quiero.
SuprimirGracias 46.
Un beso.
........ Encarna; ni idea de quién podrías ser... pero obvius, merçi.