miércoles 18 de mayo de 2011

¿qué pasará con vainity fair cuando muera annie leibovitz?


Border - P. Pomet



En las colas de los puestos de bengalas, en las taquillas del cine o en las candentes del viaje al centro de la tierra, conscientemente, miraba al suelo ó al socorrido antagónico de devorar cierta bombilla descolgada en algún rincón del cerebro morfológico socavado de monodosis sobre el aburrimiento existencial en el que se encontraban. Giros, vueltas y más vueltas. Desesperación con aliños de desidia. Necesidades. Convinieron no echarse durante un trozo de tiempo. Quizá hasta el próximo novilunio.


En todas partes la gente, aunque no lo sepan, necesitan de una vez por todas hacer visible todo lo invisible. A lo que unos llaman arte, otros sobrevén nada más y nada menos que el delicado rechazo a malograrte cuando cumples los treinta y tantos así como seguir alimentando al galopante  y lánguido tedio.
Sabía que no era por falta de oxígeno; días atrás la bombilla se iluminó y un cortocircuito le recorrió el páramo corporal en el que peligrosamente lo estaba convirtiendo su anquilosada vida. En ese instante tuvo la certeza de que esa reprimida vida podría salvarse de unos espasmos innecesarios y recurrentes demasiado familiares en las alcantarillas por las que corre el sudor de la sociedad biempensante que lo observan desde detrás de lúgubres ventanas. Sonrió a la vez que también pulió que dejaba de estar enfermo. Era un tipo sano, pues en la capa más superficial de lo inaceptable acababa de descubrir el hedonismo más honesto.

La chica del paraguas transparente con estampados de animalitos de los sueños entró en la cafetería y pidió un café con chocolate. Aquel incidente desencadenó una ola de calor por la cara de Ariano, un calor de animal de piedra perdido en un astrolabio, que… que no tuvo otro remedio que acercarse hasta la barra para pedir un vaso de agua fría, sin embargo, pidió una silla frente a la chica del paraguas. No sé si quería ser empalagoso o caer bien, no pude adivinar; quizás los nervios normales del comienzo de cualquier plan. Sin preguntarle siquiera el nombre la invitó a correr por las montañas aunque padeciera de una infantil secuela de vértigos. Del desconcierto femenino brotó una sonrisa con sabor al azúcar de caña que casi lo mata.

Desde ese pequeño soplo conoce a Berlín. Una chica morena con labios de terciopelo y uñas granas de cabaretera. También cree que ese mismo soplo es el amor, viene y se va, por eso no cree en él. Con su descaro de veinte años informaba con los labios entreabiertos que no le daría la vida, ni los sueños ni nada de esas chorradas, y añadió esa misma tarde lluviosa que todo es cuestión de follar, nada más que eso. Él le susurró, menos colorado aunque bebiendo a tragos un escocés, su opinión. Añadió básicamente, que nunca tenía que huir, ni fingir que el tiempo que les baña no es efímero, que se marchara cuando quisiera. Quedó todo así de perceptible: leyó en la carta firmada con el número tres.

Las bragas por los tobillos y eran las siete de la tarde. Le daba todo lo que habría podido exigir esa tarde, podría ser cualquiera, pero le gustaba Berlín. En la otra punta de la ciudad, Catalina le habría dado todo lo exigido, pero estaba aquello de la desidia y el aburrimiento que proporciona el tiempo, costumbre o lo bicharraco que somos los humanos. Evidenciado en las cartas que recibía todo lo que hacían con un lenguaje sugerente, libidinoso y hasta soez. También cuando quedaban y el lugar. La hora, el color de las toallas, el roce en los ascensores de los hoteles, las rodillas en las alfombras, las embestidas, los jadeos, las gotas de agua bendita robada humedeciendo el clítoris. Reflejaban asimismo sus deseos, confesiones entre gemidos del anhelo de que la otra parte de su vida fornicara bajo las estrellas, asunto que hasta ahora dudaba. La función del lenguaje con una chica casi desconocida. Salivaba mientras leía y algunas tardes de relecturas casi llegaba al orgasmo pensando en todo lo que aquello conllevaba, hasta dónde querría que llegara, aunque con miedo, se enervaba de excitación con esa inexplorada y sutil cura. Aquel juego teórico del estímulo de Thorndike cumplimentándose en las cartas que seguían llegando por las mañanas a su casa y que él se limitaba ya a no abrir abandonándolas junto al archivador de Catalina.



Catalina se percató que su compañera de trabajo no había venido esa tarde. Abrió la puerta de la sala de yesos y la cerró de nuevo al ver las luces apagadas. Estaba sola. Entró en su despacho y se sentó a la vez que abría una carpeta con bocetos ordenados para sus nuevas esculturas. Tenía que conseguir un modelo para trazar el último que quedaba por definir antes de la llegada de la primavera. Encendió un cigarrillo y de nuevo le vino a la cabeza aquel chico con labios de cereza que se presentó para modelar aquella mañana. Buscó su número de teléfono y lo mantuvo entre sus manos con una sonrisa de mojado resplandor. Luego, persuasiva, levanta el teléfono y mirando el nailon de la rebeca azul marca el número apuntado en el papelito. Dos tonos y entonces, una voz dormida pregunta un ¿hola? Catalina, cogió aire y liberada, compuso una nueva sonrisa, después de la primera inquietud nerviosa como de pipiola, acertando a decir su nombre; se aclaró la garganta y escuchó al otro lado del hilo telefónico el sobresalto de Manuel, que era el nombre del bellezón matutino. No se anduvo con fingimientos y preguntó si le vendría bien volver al estudio aquella misma tarde, pues había sido seleccionado para el empleo. En media hora, de acuerdo, dijo antes de colgar. Se levantó y se acercó a la ventana: una luna azul de Febrero quería adormecer a la tarde que moría por encima de las calles con las farolas aún apagadas, totalmente cómplices de su osadía.

Escuchó como subía los peldaños de filos de gatopardo y espero a que sonara el timbre con tonos de quimeras orientales. Se subió las tetas y miró por la mirilla de la puerta. Manuel esperaba con el brazo estirado apoyándose en el marco de la puerta. Hizo pasar al chico y tras cerrar la puerta le invitó al salón de las máquinas y divanes portátiles, la pieza más calentita del estudio. No hubo más medias horas, en diez minutos Catalina ajustaba su falda por encima de las caderas dejando el vicio de sus bragas sobre la polla del joven que le chupaba los pezones con un desenfreno sangriento, era como si quisiera arrancarle el escudo ajeno de la pertenencia de muchos años que yacía sobre sus tetas. Hasta el novilunio, aquel escudo protector residió entre el andamio de la mesa de su gabinete. Tardes sin compañera de trabajo, tardes de obscenidades honestas, de libido renovada y mezclada con semen ardiente en la boca. Levantar la mirada y divisar la estepa arrasada. Deseos de seguir consecuentemente aquella travesura, aquel juego sanador de oportunidades, de desahogos.

La noche que se ocultó la luna Catalina y Ariano cenaron en la casa de Subura. Los perros en el callejón de la primavera ladraban con roces nuevos. En la televisión algún canal de pago presentaba la espuma de los días y sobre la mesa las ostras bailaban hasta llegar a los labios de Catalina. Follaron sobre la alfombra como dos adolescentes que se desvirgan una noche de agosto sobre la arena de la playa. Dos veces, tres y bañarse en la espuma de champaña que goteaban las axilas de la televisión.

Después de tantos días hay que mirarse serenamente a los ojos en un momento determinado de la noche y con la lucidez del fondo del mar comenzaron a reír, a besarse dentro de las risas momentos antes de que Catalina confesara entre susurros que sabía que las cartas que había leído durante esos días, las que él parecía olvidar tan cercanas a sus carpetas de archivos, se las enviaba él mismo. En ese mismo espacio en el que comenzaba a sonreír él, ella, acusándolo, quería saber a qué huele Berlín. Desnudos, tendidos sobre la alfombra, giró su cuerpo haciendo que ella quedara con las piernas abiertas debajo de su cuerpo, acarició su pubis con suavidad y lamiéndole el lóbulo de la oreja izquierda susurró: el novio de Berlín se llama Manuel, es modelo ¿lo sabías? ¡Noooo! Risa de jolgorio complice y su lóbulo sabía a felicidad, a esa capacidad de goce femenino que es infinito.

Algo que no habían acordado dos semanas atrás fue lo de cuando salir de la habitación. Y lentamente la luna nueva arábiga de la siguiente noche asomaba en el cielo del callejón con ellos todavía echados acezantes sobre la alfombra del salón de espuma.

8 comentarios:

  1. impresionante, vuelves a escribir en tu má que personal estilo, me gusta la marca: No mires a los ojos de la gente,
    A partir de ahora les miraré el culo, seguro que es más fiable???????
    No sé, pocos ojos se pueden esconder de una buena mirada, y este texto se merece otra más que buena ojeada.
    Besos primo, me levantas el ánimo viendote escribir otra vez.

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  2. Deberias de publicar más. El final ha sido una sorpresa Fran. Te esperamos en el Conquero ¿Vendrás?

    Besos

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  3. Un relato muy interesante, me da la impresión que formara de un texto más grande como si fuera un detalle de algo más. Si es así me gustaría saber más. Sino es así, podrías continuar la historia. Me gusta como separas los espacios me refiero a los silencios del texto y las descripciones son buenas. Los personajes están bien cuadrados también, hay un halo erotismo que me gusta mucho, besos

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  4. Hay ojos recubiertos de nuevos sueños que son realmente impenetrables.

    Me gusta verte por este lado de la ley.
    Un beso enorme prima.

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  5. Rocio, después de un tiempo casi sin venir y con todo diferente creo que se me antoja empezar a hacerlo.

    Maví me invitó también para ir a Huelva el domingo y no puedo, me es imposible. Quedamos otro día.

    Un beso.

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  6. Si, el texto está recortado, continua con las secuelas post-juego. Volver a la cotidianidad, que me resulta imposible, o por el contrario vivir seis lunas de miel desde la complicidad y, otra idea para el texto que no fue acabada. Interesante tu mundo; es un honor recibir tu sugerencia.

    Muchas gracias por leer Mixha, un beso.

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  7. Verás... Una de las experiencias auditivas más sabrosas que te tenido últimamente, ha sido que me leyeran este post tan... (me quedaré corta con lo que diga, mejor lo dejo en tan...) Pues nada, ha sido un placer oír lo que escribe señor escritor.

    Un beso de labios rotos, sabemos ambos por que.

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  8. estás en la sombra, ¿verdad?

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