W. Barras. zoo
*Lo peor de todo es que algún tiempo después de mi muerte se me va a descubrir de verdad. Todos los que me tenían miedo o me odiaban cuando estaba vivo abrazaran de repente mi memoria. Mis palabras estarán en todas partes. Se crearan clubs sociales y sociedades. Será como para volverse loco. Se hará una película de mi vida. Me pintarán mucho más valiente de lo que soy y con mucho más talento del que tengo. Mucho más. Será como para hacer vomitar a los dioses. La especie humana lo exagera todo: a sus héroes, a sus enemigos, su importancia.*
________Charles Bukowski
No sé si la muerte se estaba fumando sus cigarrillos, ni tengo yo la culpa si así fue como ocurrió el fin de sus días; yo no he terminado todavía de querer sentirme mejor ¡Taxi!
Los días que los caracoles inundan la ciudad, es un dia de cuernos al sol. Días que las calles de la ciudad atraen la electricidad del cielo en el que se puede comprar la beatitud y a toda su carga de neón vistiéndose con un semblante extraño. Desde la ventana miras el callejón y no apetece quedarse dentro de la casa, tienes que salir y mezclarte con el bullicio, rozarte de brazos, sentir asco a veces y glorificarte muchas más; es según por donde transites. Cercano a los caracoles callejeros, te dan ganas de reírte, allí: la mariajuana, el vodka o un cartero borracho metiéndolos en una gran olla grana de cinc me elevan tentándome a pensar que nada es más valioso en la vida que un día de caracoles soleados sin amaneceres dolorosos.
Charles prolongaba esas mañanas follándose tres tuberías de Linda Lee, apostaba en las carreras de caballos, arrancando las furgonetas del reparto de barras de hielo marchándose a toda ostia borracho perdido, dejando la manguera del agua colgando tras el santo furgón, si, seleccionando pepinillos en una fábrica y sobre todo, dándole a la máquina de escribir “bien fuerte” después de un día duro en correos masturbándose. Hoy Hank, subió al taxi y dijo hipódromo lo mejor que pudo balbucearlo. Ganó doscientos dólares en la última carrera, durmió cinco horas en un asiento de la parte alta de las gradas medio doblado como un gusano y vomitó otras cuantas de veces a los pies de un párroco católico enganchado a los boletos y a la adrenalina fuera del confesionario. Despertó sin resaca y se bebió dos vodkas con hielo en la barra del antro de los caballos. Se pasaba las manos por la cabeza, casi peinándose entre los dedos cuando cruzó la mirada de Helen, una alemana de unos cincuenta años, rubia y deseablemente puta: le dijo con los labios cerrados mientras regresaban aquellos ojos a su marido, un teutón gigante como un cíclope. Le pidió un cigarro a la mujer del jayán y en dos trocitos de hielo, eran amigos y europeos, quedaron para la noche. Hank, iría sólo, aclaró.
Llegó antes que la pareja, todo un anfitrión; tomó un trago y dejó cincuenta dólares al barman. Cuando entraron ellos Chinaski estaba poniendo música en una sinfonola; sonaba un saxo, Parker quizás. Tenía la mesa elegida, la bebida y la noche. El camarero traía ron, vodka y cerveza como si se lo mandara el dios de las letras. Hank bebía, Helen bebía y el gigante trasegaba litros por minutos. Al cabo de dos horas había un faro en el bar, era la cara roja del alemán desmayándose sobre la falda de su mujer con los Estéropes ojos abiertos, borracho y con hipo. Helen le puso el trono a tiempo para que no desembocara de cabeza en el suelo mientras ella se levantaba. Hank había bebido la mitad de otras noches: dejó claro por cincuenta pavos en la barra que sus copas irían con mucho hielo y poco artefacto. Salió agarrado de Helen a la calle ¡Taxi! ... al Hotel Blue Lantern de los Caracoles, si, por favor.
"Si eliges este camino, debes seguirlo hasta el final" le decía a Helen, la aprendiz de escritora.

