jueves 21 de mayo de 2009

IL RE GALANTUOMO “ANDALUSIYA”

________________

FUENSANTA. Julio Romero de Torres







IL RE GALANTUOMO

Víctor Manuel II nació en Cerdeña (1820/1878) y era un sardo de buena pasta. Tuvo la suerte de contar con el sagaz Massimo D'Azeglio (a quien insultaba llamándolo furbacchione); con el mejor estadista que dio Italia desde el Risorgimento hasta ahora: Camillo Benso di Cavour; con el místico republicano Giuseppe Mazzini y con el turbulento Giuseppe Garibaldi. Su obra maestra fue utilizarlos a todos y evitar que se despedazaran entre sí, porque se odiaban con gran fervor. Y él despreciaba a todos ellos con la misma intensidad con que ellos lo despreciaban a él. Armonía bien italiana.

Nada complacía más a Víctor Manuel que pasar las horas con los peones de los establos. A los 29 años de edad, ascendió al trono por abdicación de su padre, pero no estaba preparado para reinar. Le hartaban las cuestiones de gabinete; prefería las cabalgatas y la cacería. Y, por cierto, el amor con las paisanas. Casado a sus 22 años con Maria Adelaida, hija del virrey del Lombardo-Veneto y prima hermana suya, cumplió casi protocolarmente con sus deberes de marido y , liberado de ellos, triscó a su sabor por los prados con frenesí de brioso semental. Le gustaban las campesinas con olor a sudor y a efluvios más íntimos; si no se habían bañado en los últimos años y venían de embaular una copiosa bagna cauda, mejor que mejor. Alguna vez presentó así, a un embajador extranjero, a varios de sus hijos extramatrimoniales: “Vea qué hermosos productos se obtienen cuando se mezcla nuestra sangre con la del pueblo”.


Il Re Galantuomo, como le llamaban sus súbditos, fue famoso en Europa por su exuberancia física y su apestoso olor a toscano y, cuando visitaba alguna corte, se le preparaban fogosas entrevistas extraprotocolares (nada de museos y academias y óperas). Realizó grandes viajes oficiales a los principales países europeos, que dejaban largas y duraderas estelas de comentarios porque el protocolo y la diplomacia no eran sus especialidades. En cierta oportunidad, se le preguntó qué era lo que más le había agradado de la corte de París. Contestó con su vozarrón indiscreto: “Aquí las mujeres andan sin calzones, ¡qué maravilla!”. (Fuente Goog)

*******************************************************************************

ANDALUSIYA

En el cortijo de Sagroas, de cien hectáreas y mil olivos jóvenes recién plantados, trabajaba Manuel Espronceda, hombre joven superando los treinta años y casado con Margarita Lezane Fuensanta, en esplendorosa edad de Cristo. Diez dias después de aquello, humillado pero lejos aún de la derrota, entró Manuel al cortijo y preguntó por Darío, heredero de aquel imperio y tan joven como él. Al no estar en esos momentos, cerró la portada y bajó por el camino de arena hasta su casa, la casa del capataz, como era conocida aquella casa de tejados rojos y sobria en decoración como en voces, diríase que vivía medio fantasma y no más en aquel caserón, pues era Manuel casi su único habitante, Marga prefería pasar el día o en los campos de olivos, o bien en la piscina de la casa principal. Entró y con la mente recorrió aquellas paredes 
vacías y encaladas de un blanco frío como la muerte, podría ser repugnante, pero no había ni un buen mueble que repugnar o destrozar; colgaba un cuadro de Julio Romero de Torres, el retrato de una mujer morena tan triste y colérica como la bombilla de su corazón y debajo de éste una jofaina y un aguamanil de metal tan antiguos como la venganza. Abrió los ojos y la fragancia de Marga le saltó por los poros de la piel, dio media vuelta y salió espantando al inconcluso fantasma dejando la puerta abierta tras él ¡Lo peor es hoy! Sentenció. Margarita miraba en esos momentos fijamente, perdida, el agua quieta de la piscina, tan quieta y Ella tan perdida, que pareciera, jurado ante lo sagrado, un aljibe. 

Darío, recién llegado al manicomio aquel de cortijo, el aire loco de sangre, ensillaba un caballo árabe blanco, el nerviosismo del caballo le hizo levantar la cabeza y ver que Manuel venía derecho a las cuadras ¿Qué pasó? Le dijo mientras subía al caballo, la bota casi le roza la cara al capataz, _ ¿Dónde está tu primo Ramiro? Dijo sin mover las manos, ¿Dónde?... En aquel box Manuel, en…. Entró en el cajón y se oyó un suave ruido de muerte, leve “diosss”. Darío miró hacia la puerta y Manuel tenía un cuchillo empapado de sangre señalando la paja del suelo del establo de madera, ni una mueca, creyó ver Darío que sonreía o descansaba de una pesadilla eterna.

Margarita sintió el frio de las paredes, del cuchillo, del cuerpo muerto como el suyo de Ramiro, un viva la vida malcarado y soez, déspota de brillantina y de camisas blancas recién planchadas por Marga, el mismo que diez noches atrás sintió enloquecido y febril encima de ella, loco por sus rechazos, demencia rabiosa de señorito prepotente y exasperado por no obtener lo deseado, su locura de soberbia ancestral le llevó a poseerla así, dañándola, violándola, matándose él mismo en las manos de Manuel.

Si de reyes con exuberante potencia sexual se trata, Carol II de Rumania (1893-1953) marcha al frente con la bandera. De él se dice que despertó muy tempranamente a la sexualidad, y se mantuvo en activo hasta las vísperas de su partida al otro barrio. Se dice, además, que estaba excepcionalmente dotado y que la búsqueda de peculiares sensaciones o la mera curiosidad impulsaba a manadas de mujeres a su real lecho, que dejaban con un brillo extraño en la mirada. Carol invita a recordar a la sumamente horizontal reina María de Rumania, que era una especie de Mesalina balcánica, pero no alcanzó la nombradía ni, menos, la grandeza de Catalina la Grande (1729-1796), que junto a Pedro el Grande y a Iván el Terrible echó los cimientos del inmenso imperio ruso. Disfrutó de una intensa vida amatoria. Su verdadero amor fue, por cierto, Grigorii Alexeievitch Potemkin, con quien mantuvo una liasion durante 18 años, matizada con amantes ocasionales.
(Los señoritos andaluces se creyeron reyes y siempre cogieron lo que desearon sin pedir permiso, muchos hermanos y maridos fueron ajusticiados por defender el honor de sus mujeres... demasiados legatarios para tan pocos perros colgados.)

6 comentarios:

  1. que fuerte primo, yo conozco bien esas historias de los cortijos, de los señoritos y los desgraciados de los jornaleros y peones, de los accesos de cólera por no poseer a una lugareña.
    Mi abuela me contaba que los señoritos abusaban de ellas cuando se les antojaba, que al casarse eran como en la edad media, si querian desvirgaban ellos a las mozas.
    Es uan historia cruel y de caciquismo, muy arraigada en las costumbres de los cortijos andaluces, ¡Qué pena!
    Poca sangre has derramado primo, yo hubiera matado toda la familia del engominado
    Un beso
    Luego lo leo con más deteninmiento hay cosas que aún no me han quedado claras
    Chao

    ResponderSuprimir
  2. Bueno, mi gabachin, he tardado un poco, pero he venido (no puedo faltar a la cita con tus letras) Para qué deshacerme en halagos ni en zarandajas que ya conoces y estás harto de escucharme. Para qué darte ni un sólo azucarillo, si los has digerido ya todos. Toma jalea real, es buena para el organismo. Y sino, pues lee, que es casi mejor. Y yo, te dejo una pequeña historia, para que leas un ratito (lo siento, es lo que hay) -por cierto, de un tirón, tal como ha ido saliendo, y sin corregir, sólo es un pequeño regalito, por si te vale. Un divertimento literario, si es que llega a eso, que ni a eso

    no deja tu blog ponerlo entero , por exceso (en más de dos mil caracteres ,jejeje) de letras. Lo parto, pero tú luego lo subes entero, ¿ok?... bueno, que subes los dos comentarios, me riefiero ¿vale?. Pues va...


    Primera parte:

    .............

    Acostumbrado, como estaba, a levantar una mano y tener el cielo, no pudo aceptar aquel rechazo. Pero la venganza se sirve en plato frío
    .
    Lucía, como diría el poeta, "de corinto terciopelo, chaqueta y pantalón abotinado", y "color de caramelo", -miel en los labios- "un cordobés (...) pulido y torneado". Y se entregaba a ello, sin duda. Al lucimiento.

    Salida en calesa, cada mañana; caballo español para el paseo de media tarde; de pura sangre, el árabe -arrebatado, dinastía a dinastía, de las propias manos bereberes, en batallas de espada y de cuitas en taberna-, presto para la montería.

    "¡Buenos días, señorito!". "Buenos días. ¿Y mi monta?". "Dispuesta está, señorito, dispuesta".

    Pasear por entre los encinares de su hacienda le otorgaba sentirse un dios en su particular olimpo. Cuanto trabajador se encontraba en el paseo, trabajador que inclinaban su testa en señal de respeto (eso pensaba él, pero los ojos del miedo vestían los rostros enjutos y castigados, generación a generación, por el yugo de un poder que a hierro hiere y a hierro mata). Y, altivo y orgulloso, relentizaba el paso del jamelgo para adecuarlo al saludo que de obligado cumplimiento, establecían unas normas no impresas, pero inefables.

    Aquel día de aciago recuerdo en la memoria de la heredad, sin embargo, no le produjo placer alguno. La dehesa estaba en su frente, limpia y presta a recibir a la mañana, hembra hospitalaria que regala dones por unos simples besos de agua. Desde la loma en que se hallaba la observaba, henchido en vanidosa porte, sabedor del poder que la posesión de la tierra le otorgaba.

    Un caballo cruzó, veloz, los campos que ardían en amarillos a esa hora del día, llamando su atención. Centró todo su interés en la armoniosa figura que lo montaba. El caballo y su jinete se acercaban al galope, rompiendo la distancia en apenas unos instantes. La primera impresión sobre la monta se confirmó en la cercanía. Una dama morena, fresca la piel de domingo y negra azabache la melena, al viento; con mano firme, dirigía su montura hacía el mismo punto en que él se hallaba, robándole toda la magia al día, en su lozana figura.

    Paró, no obstante, la dama, a pocos metros, en una alberca cercana donde bajó de la montura y acercó al animal al agua, para que abrevara.


    .... (continúa)

    ResponderSuprimir
  3. Desde que intuyó sus formas de hembra bien desarrollada bajo la vestimenta de amazona, y reconoció en esas formas a la esposa del mayoral, un deseo creciente se apoderó de él. Ahora, allí, tan próxima, ya no era deseo contenido, sino ansia desbocada. Acercó su caballo todo lo que pudo al de la dama, desmontó y, sin mediar palabra alguna, ni saludo ni pregunta, inclinó su cuerpo sobre el de la dama y sin rubor ni reparo alguno, inquirió la satisfacción de sus apetencias. Ella, sorprendida, no tuvo tiempo de reaccionar apenas y sintió unas manos que la recorrían con avidez. Los intentos de protesta fueron acallados con un beso mordaz que más era un latigazo en la boca, y la lucha del cuerpo, cercenada de inmediato entre sus fuertes brazos.

    “Bella, te quiero mía”

    La empujó sobre su espalda en la hierba aún fresca y húmeda de rocío y, sin atender sus súplicas, se abalanzó sobre ella con el afán de poseerla. Rasgó sus ropas y estaba ya presto a penetrarla, cuando sintió un golpe duro sobre su cabeza. Unos segundos de confusión permitieron a la dama, que lo había golpeado con una piedra, zafarse del cuerpo que la aprisionaba e intentar escapar. Pero el la tomó de una pierna, desde el suelo, y tiró fuertemente, provocando la caída de la mujer. La increpó rudamente

    “Puta, ahora sí serás mía. Soy el dueño de toda esta hacienda y tú también me perteneces”

    Pero ella no estaba dispuesta a entregar a aquel salvaje ni un solo instante de su alma, ni un solo ápice de su cuerpo. Mientras él forcejeaba, ella le arrojó tierra a los ojos, y, en la instantánea ceguera provocada, se volvió a zafar de aquel enloquecido hombre. No dudo en tomar otra piedra, más grande esta vez, y en arrojarla sobre su agresor. Confundido, no estuvo presto a su defensa, y ella tampoco dudó en golpearlo, ahora, con más saña. Cayó el cuerpo tras los impactos, al suelo, como sin vida, mientras por las heridas infringidas con la piedra comenzó a manar gran cantidad de sangre. Era su oportunidad de escapar y eso hizo, montó rápida en su caballo y huyo de allí a toda la velocidad que el joven animal fue capaz de alcanzar.

    Al llegar al pueblo, fue corriendo a buscar a su marido, el mayoral, para contarle los hechos acaecidos.

    “No sé si lo he matado. Quedaba en un charco de sangre. Pero mi cuerpo no lo ha tenido”

    Mientras, un grupo de recolectores que pasaban por el encinar, reconocieron el cuerpo inerte del patrón. Lo montaron sobre un carro y lo llevaron al médico del pueblo, que lo reconoció y atendió de inmediato.

    En pocas horas había recuperado completamente la conciencia y, aunque muy dolorido, tanto en su físico como en su orgullo, abandonó la consulta de aquel médico, ante las protestas encendidas del mismo.

    “He dicho que me voy. Y me voy. ¿O quieres perder tu trabajo y no volver a ver a un enfermo sino es para cambiarle la bacinilla?”

    Colérico, encendido de ira y ávido de venganza, se acercó hasta su cortijo y buscó su vieja arma de caza. La tomó y salió fuera dispuesto a obtener por la fuerza lo que por la fuerza aquella mujer le impidió

    Se acercó a la casa del mayoral y de un primer y certero disparo destrozó la cerradura de la puerta y entró en la estancia con el arma por delante, apuntando hacia el interior. Halló a aquella mujer que horas antes había osado despreciarlo y lesionarlo y junto a ella, un bebé de meses. Apuntó al bebe y frenó con sus palabras el avance de la mujer hacia la canastilla donde descansaba la criatura.

    “Serás mía, o nunca le podrás llamar hijo”

    Consumó su felonía entre los sollozos de la mujer, los llantos del bebé, y sus injuriosos y estridentes gemidos.

    Pero, de pronto, un sonido nuevo, sólo uno, rotundo, hueco, acalló la agónica orgía de sonidos que halló su punto y final en el golpe seco de un cuerpo al caer, sin vida, en el suelo.

    Manuel, el mayoral, dejó caer el arma al piso y corrió a abrazar a su mujer. Junto a ella, el patrón yacía con el pecho abierto del impacto y la mirada perdida para siempre.

    .....

    Un besazo, en la madrugada... sé bueno.

    ResponderSuprimir
  4. Holaaaaaaaaaa

    Os he contestado en las arenas del monte libro... sólo una cosa más... qué seais felices!!! de corazón os lo deseo.

    Besos

    ResponderSuprimir
  5. ¡Joder! Leyéndote me está dando un regüeldo republicano exterminador de parásitos portadores de la peste borbónica. Del señorito ya se encargó adecuadamente Manuel así que dejaré el ramalazo socialista utópico para menesteres más propios. Lo malo querido amigo es que en este país sigue habiendo reyes y señoritos. Magnifico el paralelismo de la impunidad y la forma de contarlo. Salud Sosias afrancesado.

    ResponderSuprimir
  6. Please, are you able to PM me and tell me few far more thinks about this, I'm seriously fan of the weblog.!!!.gets solved properly asap."

    ResponderSuprimir